Nueve, espectaculares, demasiado…

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Fila “Diez” / Butaca “Nueve”. Una rubia de ojos azules espectaculares, de piel aparentemente de melocotón, demasiado alta para mí según demostraban sus piernas retorcidas en aquel asiento de terciopelo rojo del Teatro Real de Madrid.

Nueve y treinta y cinco minutos de la tarde de un sábado cualquiera, los músicos de negro y blanco aparecen por los laterales del escenario y comienzan a congregarse cada uno junto a su instrumento. Frente a nuestros ojos una orquesta sinfónica que pondría todo su empeño en alzar el bello de cada espectador.

El spot iluminó al director que dio la señal y el show comenzó con un arpegio de violín de fondo y un ritmo piano de contrabajo, como siempre la música parecía trasladarme al paraíso, a la guerra, a la monotonía, a la tristeza, a tu compañía de madrugada… es fácil alcanzar estados anímicos contradictorios si te dejas llevar.

Cuando el resto del escenario se iluminó de un tono amarillo tecla de piano, giré mi cabeza que comenzaba a viajar, y la rubia de mi derecha ya tenía los ojos cerrados. ¿Quizá quisiera acompañarme al paraíso con esta banda sonora? – susurré en su oído izquierdo.

Un golpe de timbal me despertó en las tierras aledañas de una campesina rubia preciosa, podría ser ella, pensé mientras trotaba hacia el soportal de la casita de madera donde se encontraba sentada en una mecedora de terciopelo rojo. No conseguí pronunciar palabra con criterio, mientras ella me miraba con atención y de fondo escuchábamos una preciosa melodía de la sinfónica.

Su luz era el mismo sol y su voz la brisa del mar en calma. Quizá sería tu paraíso, no el mío, pero igualmente podría vivir perenne entre tu belleza sin solicitar siquiera un nuevo golpe de timbal que me hiciera despertar recostado en tu hombro en aquella butaca “Nueve”de terciopelo rojo del Teatro Real.