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Una serie de extraordinarios crímenes tenían en vilo a la ciudad de Boston, y tal y como había vaticinado la prensa, el psicópata volvería  a matar noche tras noche antes de la salida del sol.

<<Un cadáver cada amanecer hasta completar los 30 días que tiene el mes de septiembre>>, o al menos eso era lo que habían comentado los periódicos a partir de una filtración de la policía, sobre un supuesto mensaje del asesino grabado a sangre en el portal de la primera de las víctimas.

Vivimos en un país donde la cultura del miedo y la seguridad son prácticamente una religión, así que en una crisis como aquella, con las cadenas de televisión bombardeando sin tregua ni escrúpulos sobre la noticia, y con un despliegue policial sin precedentes, aquel hijo de puta había conseguido sembrar el caos. Cualquier pirado sin escrúpulos con aires de grandeza puede disfrutar de sus minutos de fama cargándose a unos cuantos inocentes.

El viejo William, que hacía las veces de conserje y encargado de mantenimiento de nuestro edificio, había cortado la bonita enredadera que rodeaba la fachada, argumentando la sustancial e inteligente idea de que el criminal podía trepar por ella y sorprendernos a todos dormidos en nuestras camas. Algo que en mi caso hubiera resultado totalmente imposible, pues mi vecina de arriba, la señora Margaret, se pasaba toda la noche vigilando la puerta sentada en su maldita mecedora, y aquel maldito trasto producía un incesante arpegio de madera crujiente sobre mi cabeza. Recuerdo que todas las noches me  daban ganas de ser yo mismo el asesino y subir a matarla.

Así estaban las cosas cuando el doceavo día desde el comienzo de los asesinatos, la policía dio con el culpable, aunque los agentes llegaron un poco tarde. Tras dejar una nota junto a su cama en la que decía que no podía seguir aguantando las voces que le hablaban en su cabeza, aquel loco se había matado tragándose un frasco entero de un medicamento antiespasmódico para animales.

Los periódicos dudaron un par de días sobre la culpabilidad de aquel individuo muerto, pero a partir de su suicidio se terminaron los crímenes del Carnicero de Septiembre. Su autor, un joven veterinario de origen irlandés que vivía con su madre en el barrio de Charlestown,  pasó a la negra historia de los grandes asesinos en serie del país. A sus víctimas probablemente solo las recuerden sus seres queridos.